Acabo de ver en la tele una frase que sencillamente no puedo sacar de mi mente: “fé es creer en algo que no puede comprobarse, pero cuando la duda aparece, la fé se desvanece y el miedo comienza a ocupar su lugar”.
Creo que la fé es un concepto muy fuerte y difícil de explicar; la fé, a mi forma de ver las cosas, la creamos cuando necesitamos algo más grande que nosotros, cuando la vida amenaza con hacernos caer.
Es algo más fuerte que tú o yo; la fé en sí, parte de la misma duda, y es esa misma duda la que la puede destruir.
La fé es producto en sí de ese miedo, o de amor… por amor creemos ciegamente… tenemos fé; por miedo, nos aferramos a creer, necesitamos desesperadamente tener fé.
Detrás del miedo siempre hay amor.
Detrás del amor siempre hay miedo.
Si tengo miedo a perderte es porque te amo.
Si te amo, mi más grande miedo siempre será perderte.
Más allá de que algo malo pueda pasarme a mí, siempre temeré perderte a ti. Siempre temeré que esa sonrisa tuya deje de sonreírme a mí.
Entonces, fé, duda, miedo, amor… parecen ser todas una sola cosa, las unas crean a las otras; y por unas… se destruyen las otras.
Tiene sentido? Encuentras sentido alguno en mis palabras? Eso espero. Espero que tenga sentido. Porque el único que tiene el estar hoy a las 9 en punto en mi reloj, escribiendo sin control, sin detenerme a pensar, es el miedo a perderte; la duda que me corroe; la fé que se desvanece; y el amor que te tengo…
Intenté ir a la cama a las 8 de la noche, cuando tras un eterno día que parecía no acabar, amenazó con finalizar sin un rastro tuyo.
La duda siempre ha sido mi peor pesadilla, la paciencia no es lo mío… al menos no cuando la incertidumbre me asalta y un torbellino de posibilidades me invade con ideas cada vez más dolorosas, que se abalanzan sobre mí, una tras otra.
Me siento morir, no logro calmar mi ansia y no resisto el tener que fingir que estoy bien. Finalmente me rindo y me encierro en mi cuarto; alego cansancio y me voy a ocultar… nunca es agradable que te vean llorar, no es justo y la angustia ajena solo empeora la mía; y ahora el dolor invade incluso mi pecho.
Enciendo la tv y trato de concentrarme en una de esas series que normalmente me resultan tan emocionantes y entretenidas, pero ahora las encuentro tan increíblemente realistas, que me siento parte de la historia; bien podría ser la protagonista a la que una racha de mala suerte la vuelve el blanco de todas las miras y todo le sale mal.
Sin embargo, lo más asombroso, lo que siempre ha llamado mi atención es el aparente vacío que llega después. Es ese momento de aparente calma en que me siento perdida en mí. Cuando mis ojos se secan, las lágrimas desaparecen y el dolor se va. Es como si una fuerza indescriptible sacara toda emoción de tu cuerpo y sólo dejara un oscuro, eterno, interminable, incomprensible vacío. Un vacío donde no estás tú. Es como que todo se detiene y nada tiene sentido, el amor, tu imagen, mis recuerdos, todo se ha ido. Nada tiene sentido, pero nada necesita tenerlo. Simplemente parece que mi mente está en blanco, es algo impresionante pues siempre parece haber algo… menos ahora. Un instante en que me calmo y de repente todo parece estar bien.
Pero no me engaño, la experiencia me ha dejado saber que este instante dura poco, por más que me aferro a él e intento alargarlo con todas mis fuerzas, es como el ojo del huracán, que en medio del caos se detiene y hay unos pocos segundos de increíble calma, cuando todo se está quieto, no hay ni una brisa, ni un poco de viento, ni un ruido… sólo para que tras esos increíbles segundos, regrese todo con más fuerza y termine de destruirlo todo.
Tal vez así es mejor. Si te vas de mí. Porque ya no puedo más con estos ojos de huracán…
Catorce de septiembre del dos mil ocho
Nueve en punto de la noche
viernes, 12 de marzo de 2010
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